
Venus es la diosa del amor, la belleza y la fertilidad. Como el primitivo que en la pared de la cueva pinta el bisonte para cazar al bisonte creo que las imágenes son talismanes poderosos que modifican la realidad. Venus está preñada del erotismo vital que le da sentido al misterio de existir, y recrear esa figura antigua es recrear sus efectos sobre el mundo y el hombre. Creo en esa función del arte y me entrego con humildad a esa tarea, de la que soy mero instrumento.
El Río de la Plata es uno de los paisajes de mi infancia. El otro, su reverso, es el vértigo horizontal de la Pampa. Estas costas, más salvajes entonces, están grabadas en mi memoria. Los sauces, los juncos y camalotes, la sudestada, el tintinear del sol sobre el horizonte salpicado de las velas de los barcos, el olor dulzón del Río, la tosca bajo los pies, las crecidas imparables y las bajantes infinitas. Paisaje fértil para que florezcan los atributos de Venus.
Los barcos son también un símbolo. Somos todos capitanes de nuestras propias naves, y si en sus bodegas cargamos ese amor, esa belleza y esa fertilidad seremos como el barco de Espronceda:
Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Pienso, también, en los barcos que trajeron a mis mayores a esta parte del mundo. Mi abuelo Juan, hijo de españoles de León, quiso que sus cenizas descansaran en el Río de la Plata, frente al hotel de inmigrantes. A él y al agua que guarda sus restos quiero hacer un homenaje.